CAPÍTULO ENSAYÍSTICO DE "EL TIEMPO ILUMINADO"




Afirmamos con frecuencia que ni el desangelado ejemplo de Emile Cioran ni la larga historia gnóstica que ha conocido el mundo, influyeron grandemente en la evolución y la transformación espiritual definitiva operadas en nuestra Tercera Referencia, Zheng He. Al respecto, cabe argumentar a favor y en contra. Ante las frecuentes alusiones por parte de intérpretes y críticos, él mismo afirmó, y afirma aún en cada ocasión que se le presenta, no haber oído hablar más que de pasada, en su día, del autor antes mencionado. Pocas veces ha engañado Zheng a nadie, y cuando lo ha hecho no ha sido sino momentáneamente, al efecto de hacer resaltar el envés de la cuestión. Su conocimiento, en cualquier caso, debió ser superficial. Nunca le interesaron los nihilismos de corte psicológico o intelectual, palabras éstas para él, como buen oriental, sinónimas y apenas significantes. Dijo: 

¿Nihilismo? ¿Por mi idea de Dios? Yo no soy nihilista, o en cualquier caso, para no pecar de maniqueo, soy más budista que nihilista. Con el pésimo ejemplo de  un hijo bravucón y desnaturalizado de Schopenhauer [en referencia a Nietzsche], un chino ávido de lectura y arduos silogismos tiene de sobra. A lo sumo, su atención puede acoger, en ciertas tardes de lluvia pertinaz, a sus acólitos tardíos, mucho más suaves de dicción e intención; digamos que los novelistas franceses.
Emil Cioran (1911-1995)

Con estas palabras se refería al parecer a autores como Camus y Sartre.
No le interesó, pues, el nihilismo que, a través de tan montañosas vías, creían entonces que se remontaba solamente a la antigua Grecia (los escépticos, sofistas y agnósticos), en igual medida que no le interesó nunca la vulgar saña o cantinela antirreligiosa, fuese del signo que fuese, en la creencia de que el error, si es de importancia, necesariamente acaba revelándose por sí mismo, cayendo por su propio peso, y tan innecesario resulta preocuparse ni molestarse por su torpe aparición, como empujarlo a exteriorizarse. Zheng se preguntaba por qué motivo uno iba a ser o, más bien, comportarse más tristemente en la vida por ser ateo, y, sobre todo, por qué iba a dejar de lado sus deberes cívicos y éticos sólo por el hecho de haber llegado, se supone que a través de una senda digna y honorable, a la duda sistemática de las creencias anteriores. No creía en lo que creían los antiguos, pero no fue ese, por cierto, el motivo del crimen por el que fue condenado. Él siempre lo llamó “acto impulsivo”, en nada distinto del suicidio.
Al gran visionario le hubiesen ofendido ideas como éstas, tomadas de la obra fundamental del agrio pensador franco-rumano, "El aciago demiurgo": 

Es difícil, es imposible creer que el dios bueno, el «Padre», se haya involucrado en el escándalo de la creación. Todo hace pensar que no ha tomado en ella parte alguna, que es obra de un dios sin escrúpulos, de un dios tarado. La bondad no crea: le falta imaginación; pero hay que tenerla para fabricar un mundo, por chapucero que sea. Es, en último extremo, de la mezcla de bondad y maldad de la que puede surgir un acto o una obra. O un universo. Partiendo del nuestro, es en cualquier caso mucho más fácil remontarse a un dios sospechoso que a un dios honorable. No podemos impedirnos pensar que la creación, que se ha quedado en estado de bosquejo, no podía ser acabada ni merecía serlo, y que es en su conjunto una falta, y la famosa fechoría, cometida por el hombre, aparece así como una versión menor de una fechoría mucho más grave. ¿De qué somos culpables, sino de haber seguido, más o menos servilmente, el ejemplo del creador? La fatalidad que fue suya, la reconocemos sin duda en nosotros: por algo hemos salido de las manos de un dios desdichado y malo, de un dios maldito.

Hay aquí demasiados juicios de valor hilvanados sin ton ni son, demasiada toma de postura de hombre superior, demasiada santa demagogia; demasiado, en una palabra, resentimiento y, sin duda, femenina o sacerdotal lamentación. Por sus obras los conoceréis: por su boca, las más de las veces. Todo aquel que se exprese de este modo, con semejante cínica unción, semejante verbosa depravación, apesta a monástica inteligencia onanísticamente echada a perder. Es absurdo exigir responsabilidades a un dios tarado; pero no se puede llamar tarado a un dios, por más necio demiurgo que demuestre ser; a una criatura juzgada omnipotente, sin incurrir en blasfemia contra la Razón. Y eso por más que el autor, presuntamente, lo utilice como mera coartada o metáfora. Hay demasiada bilis y resentimiento “teológico”, demasiada turbia alegoría tendenciosa en esas líneas, para hacernos pensar en una simple figura estilística.
Falta, fechoría, grave, culpable, fatalidad, malo, maldito. Palabras sólo negras, sólo negativas, que no pintan, analizan o aproximan el objeto que pretenden designar, sino que más bien devuelven como un espejo al sujeto que las profiere. Este dios amargo se parece a ese triste acreedor al que siempre le deben porque nadie le paga: un inepto, a no dudar, que mejor es que cambie de oficio; ¿cómo es que no ha reventado ya de inanición? La realidad vivida por Cioran, ¿es que no le satisfacía; él le exigía ser más brillante, más hermosa de lo que era, más atractiva que la esperanza que su falsa niñez venturosa le había hecho abrigar desde siempre? Al no verse satisfecho en su demanda, la denostó con soberbia pueril, tristemente adornada de voces fatuas, y con ella a su “aciago” creador. Dios, puede que sea malo, pero no maldito. Zheng He, al menos, no lo maldecía, porque no lo quería, «puesto que Dios –aseguraba– no pide que lo adoren, veneren, santifiquen». Creía sin embargo en él, y máxime en su «doble mirada».
No, Zheng He, a pesar de esos puntos en común, no hubiese sido nunca cioraniano. Las reveladoras afirmaciones contenidas en los párrafos que siguen le hubiesen hecho directamente gritar de indignación: 

Sin el impulso que él ha dado, el deseo de alargar la cadena de los seres no existiría, ni tampoco esa necesidad de suscribirse a los tejemanejes de la carne. Todo alumbramiento es sospechoso; los ángeles, felizmente, son incapaces de ello, pues la propagación de la vida está reservada a los caídos. La lepra es impaciente y ávida, gusta de expandirse. Es importante desaconsejar la generación, pues el temor de ver a la humanidad extinguirse no tiene fundamento alguno: pase lo que pase, por todas partes habrá los suficientes necios que no pedirán más que perpetuarse y, si incluso ellos acabasen por zafarse, siempre se encontrará, para sacrificarse, alguna pareja espeluznante.

No es tanto el apetito de vivir lo que se trata de combatir como el gusto por la «descendencia». Los padres; los progenitores, son provocadores o locos. Que el último de los abortos tenga la facultad de dar la vida, de «traer al mundo»..., ¿existe algo más desmoralizador? ¿Cómo pensar sin espanto o repulsión en ese prodigio que hace del primer venido un medio‑demiurgo? Lo que debería ser un don tan excepcional como el genio ha sido conferido indistintamente a todos: liberalidad de mala ley que descalifica para siempre a la naturaleza.

La exhortación criminal del 'Génesis': Creced y multiplicaos, no ha podido salir de la boca del dios bueno. Sed escasos, hubiese debido sugerir más bien, si hubiese tenido voz en el capítulo.

El maniático oficiante rechazado por su fe (sin duda únicamente por el hastío de sus correligionarios), pozo de veneno y de rencor, se quiera o no añorante, sin saberlo, de alguna bienaventurada iglesia posible, aunque nunca probable, de la que ni él mismo tuvo nunca noticia ni noción, se nos muestra por fin en toda su sórdida desnudez moral, más nietzscheano y aristocrático que nunca. Incluso en su intención (que debiera ser tajante, un absoluto) de denostar el hecho de la procreación, apartándose de su propia motivación expresa, se acuerda de puntualizar, comparando (y segregando) a los nacidos o nonatos genios con los necios y últimos abortos. ¿Qué argumento se utiliza aquí para descalificar a la Naturaleza? ¿Qué se está pidiendo, esterilidad o eugenesia? O, más bien, ¿no se clama, de algún modo, por la esterilidad “y” la eugenesia? Aquí es donde el sofista desbarra, apartándose definitivamente de la gran verdad que acarició una y otra vez al redactar el opúsculo. Nos hace temer, incluso, que la pareja espeluznante del texto no fuese otra en realidad que la que habían formado una vez sus propios y menesterosos progenitores inocentemente inmersos en la miseria secular de su país.
Un dios bueno y un dios malo. Pero ¿no hay un solo Dios, un solo camino, una sola dirección, una sola conformación multiforme de los seres y de las cosas? A años luz de estas torpes charlatanerías, Zheng He, en el trance de rematar su caótico y resplandeciente credo, invocó en primer lugar al antiguo dios Jano, y después a un Gran Desconocido que amó y se desvinculó de patria, hijos y mayores, a fin de comprender y apreciar mejor la única verdad plausible: que no es necesaria más que una voluntad firme y seria, un simple chasquido de dedos, para que todo se vuelque por fin de nuevo en una vía de transformación verdadera, aplacándose, amansándose y regresando a la normalidad, la regla de la que nunca, ni siquiera por la voluntad de Dios, debió salir.
           Pero ahí emergió Dagón.




© José L. Fernández Arellano, 2008

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